martes, diciembre 05, 2006

Una madrugada muy fría


Recuerdo que cuando mi padre se enojaba solía repetir siempre la misma frase: “nací a los 33 años el día de la muerte de Cristo, por eso soy un viejo infantil y obstinado, es demasiado pronto para que sea serio y muy tarde para que me quieras cambiar”, le gritaba a mamá mientras caminaba hacia la puerta de la calle. Para bien o para mal, un poeta chileno de apellido Huidobro, muy amigo suyo, se tomó la libertad de usar parte de esa despedida paterna para hacerla famosa en un poema larguísimo y onomatopéyico, desde entonces mis amigos sureños dicen que miento cuando cito a mi padre.
No sé por qué me dio por pensar en mi padre, tal vez porque acababa de hacer lo mismo que él, había dado un portazo silencioso, había dejado a Gregor dormido y solo, sin una explicación, sin darle oportunidad para suplicar o para prometer tonterías, estaba haciendo lo mismo que papá, mientras repetía para mí misma: “nací a los 33 años el día de la muerte de Cristo”, y como todavía no llegaba ni a los 30, digamos que estaba muerta o, más bien, que no había nacido aún. No sé por qué disfrutaba enormemente hacerme estos estúpidos juegos, me divertía imaginar qué pensaría alguien si me escuchara decir semejante disparate, sin duda, casi todos hubieran apostado a mi locura.
Hacía frío y el viento me cortaba la cara, estaba sola en mitad de la calle y ni siquiera me detuve a pensar que tal vez no volvería a ver a Gregor, yo quería caminar tanto y tan rápido como era posible, llevaba el perfume del Gregor por todo el cuerpo, tuve unas ganas incontenibles de volver a hacer el amor, ganas de que me tomara en sus brazos y me obligara a quedarme bajo su pecho, bajo su sexo, con los labios unidos a los suyos mientras me decía que era la mujer más caliente de la tierra, que sólo yo lo ponía lo tan duro. Quería desesperadamente sentir sus labios en mi cuello, sus dedos en mis senos y su miembro impaciente, presionándose contra mí. Tuve que apretar el paso, pero por más que corrí me sobrevino un orgasmo inolvidable, fue entonces cuando pensé que tal vez sí quería volver a ver al Gregor, quizá mañana saldría a buscarlo.

martes, octubre 31, 2006

El coleccionista de tetas



Shalom queridos lectores y lectoras, una pausa en mi relato sobre Vály para compartirles uno de mis cuentos favoritos, me lo publicó la Penthouse en su edición de Noviembre de 1992. Ay que bellos recuerdos...,ustedes disculpen, pero es que se aproxima Hanukkah y me pongo sentimental ;)

El coleccionista de tetas


Mi nombre no importa, lo importante es que colecciono tetas.

Encuentro imprescindibles las tetas adiposas y enormes, grandes y jugosas como un buen par de melones, las suaves y discretas, que tímidamente se asoman con cualquier blusa blanca y las duras con areolas puntiaguadas como pistones.

Me fascinan las tetas anarquistas que se mueven para todos lados, las negras, morenas, blancas, multicolores y las que parecen dibujadas por un pintor especializado en melocotones, sólo discrimino dos tipos de tetas: las artificiales y las que son tan diminutas que podrían confundirse con las de una preadolescente o peor aún con las de un cabrón travestido.

Esta noche salgo con Olga, es mitad venezolana y mitad china, no se que coño de mezcla es esa, pero la muy desgraciada salió con un par de tetas descomunales que me conmueven las entrañas y que de sólo evocarlas se me viene una erección arquitectónica que me recuerda al Big Ben. Estoy ansioso y ya me hice la paja tres veces antes de salir de mi casa para ir a verla al restaurant de sushi Komesai, donde trabaja como cocinera.

En media hora arribo al local, me atiende Dayana, una mesera negra que se acaba de operar las tetas, muy a mi pesar, ya que perdió todo el atractivo, antes las tenía pequeñas pero muy redondeadas y duras, como para pellizcarlas y luego morderlas como si estuvieras masticando una buena hoja de coca.

–Hola guapo, Olga se está cambiando, no tarda en salir, pero dime, ¿no notas nada diferente en mí?-
-Hola Dayana, pues la verdad Olga me comentó lo de la operación, pero ¿te puedo dar mi sincera opinión?-
-Claro, dímelo
-Tenías las tetas más ricas de este lugar después de Olga, incluso fantaseaba con invitarte a salir un día, y hacerte un par de guarradas pero…
-¿Mmm sí pero?
-No me gusta el silicón
-Vaya, de todos modos no pensaba salir con un cretino como tú, Olga está ciega, no se qué diablos ve en ti

La conversación estaba subiendo de tono, afortunadamente se apareció Olga con un escote muy alegre.

-Vámonos papito

Tomé a Olga de la mano, no sin antes darle un abrazo muy fuerte para rozar sus tetas con mi cuerpo. Nos vamos caminando, mientras ella empieza a quejarse del trabajo, que si el jefe no le quiere subir el sueldo, que si la Dayana se siente la más buena ahora que se operó, yo sólo muevo la cabeza y asiento a todo, pensando en el manjar que estoy a punto de saborear.

Antes de entrar a mi casa, nos detenemos en una tienda, compro un six de cerveza (mi única debilidad aparte de las tetas), Olga pide unas mentas, dice que siempre pica de la comida que prepara y eso no favorece el aliento, le digo que no se preocupe, ella es muy espléndida y paga todo, incluyendo una caja de condones con sabor a kiwi, su sabor favorito.

Por fin llegamos, no me aguanto, le muerdo la blusa a Olga y se la desgarro como un gato hambriento. Mi cabeza, mis manos, mi lengua, todo mi ser se concentra en sus tetas, ella se deja hacer y exhala grititos de placer que se confunden con dolor.

-Ah, ah, ay, uy, uy, ouch, ¡cuidado me duele!

Obviamente no hago caso y sigo afanoso, Olga sólo está desnuda de la cintura para arriba, el resto no me importa, sus tetas, sólo sus tetas gozan de mi agitada atención.

-Ah, ay, uh, uy, ay, ay, ouch, ¡ya cabrón, quítate, me estas haciendo daño!

Estamos en el piso de la sala (cuando de tetas se trata nunca he podido aguantarme a llegar a la cama), Olga se mueve, trata de quitarme de encima, pero no puede, soy un depredador salvaje diseñado para chupar, morder y devorar tetas. Mis dientes se hincan sobre la teta izquierda de Olga, le mordí tan fuerte que le saque un hilo de sangre.

-¡Ya basta pedazo de bestia, quítate animal!

Estoy babeando de placer y prosigo mi ritual con precisión quirúrgica. Olga alcanza a sacar el cuchillo de cocinera de su bolso y lo agita furiosamente contra mi pierna, me hiere justo en la ingle, estoy babeando de placer pero sentí el frío de la hoja en la piel y me distraje. Olga aprovecha y me asesta un golpe en los huevos, sale disparada dejando la puerta abierta.
Permanezco en el suelo, con el sabor de sus tetas impregnado en todo mi cuerpo. Olga se fue, y seguro no la podré volver a ver, pero si algo sobra en este mundo son tetas y si alguien es experto en ellas, soy yo.

viernes, octubre 27, 2006

El taxista mafioso




Porca madonna
! He estado dando vueltas dos horas como un testa di cazzo en mi recién estrenado Chevrolet 58 y nada. Una viejecita me paró hace media hora, quería que la llevara a una iglesia en Harlem por menos de medio dólar, con mucha pena no la quise llevar, business is business, total como todo buen italiano yo llevo a mi mujer a la misa todos los domingos y me confieso una vez al año. No voy a regalarle mis servicios a nadie. Doy vuelta en Houston St hacia el West Village. Me encuentro un tipo alzando los brazos desesperadamente, al parecer llegó mi primer cliente del día. Detengo el carro, el tipo se aproxima.

-Buenos días, ¿cuanto me cobra al Hotel Waldorf Astoria?
-Son 8 dólares signore, eso queda algo lejos de aquí y a esta hora de la mañana no encontrará otro taxi en mucho tiempo.
-Le pagaré los 8 dólares pero tiene que irse como alma que lleva el diablo, tengo una presentación en menos de veinte minutos.
-Haré lo que pueda, súbase.

Vaya, este tipo si que es raro. Al parecer sólo lleva una gabardina puesta y sus zapatos, para mi que algún marido cornutto lo pescó in fragranti en plena trombatta con su mujer. Además che puzza, apesta a sexo de puta y a vomito de baño de taberna.

-Signore, disculpe la curiosidad, pero ¿le pasó algo malo?
-Que va, estoy mejor que nunca, sólo un pequeño percance con una mujer, ya sabe cómo es esto del amor. Lo que me preocupa es llegar a tiempo a mi presentación. ¿Usted tiene acento napolitano no?
-Sí, ¿cómo lo sabe?
-Yo estuve en Nápoles una vez. ¡Qué mujeres las napolitanas! Por cierto me llamo Gregor ¿y usted?
Cazzo! Yo soy napuletano. Me llamo Luca De Marco, un piacere conocerlo.
-El placer es mío.

El tal Gregor me cayó bien, es la primera vez que me encuentro con alguien no italiano que me identifica el acento. Le metí el acelerador y nos dirigimos como un rayo hacia el East Side en dirección a Park Avenue. Cuando llegamos al Astoria Gregor me dijo:

-Luca, te voy a proponer algo
-¿Sí, que cosa?
-No te voy a pagar el viaje
-¡Porco Dio! ¡ma va fan culo!, si no me pagas ti spacco il culo con mi revólver-En ese momento saco mi pistola de abajo del asiento. Estoy verdaderamente encabronado, pero que se ha creído este coglione. Nadie se burla de un napuletano.
-
Tranquilo Luca déjame explicarte. Lo que pasa es que perdí mi billetera. Pero en el Hotel tengo dinero. Lo que te quiero proponer, es que terminando la presentación de mi libro vengas por mí dentro de un par de horas. Estoy buscando a una mujer y voy a necesitar de tus servicios para encontrarla. Mi libro se está vendiendo muy bien en Europa. Si tu me ayudas a encontrar a esta mujer te haré partícipe de una parte de las ganancias de los libros que venda hoy.
-Minchia, lo hubieras dicho antes fratello, Luca De Marco nunca le dice que no a un buen negocio. Te voy a buscar en un par de horas. Mientras le preguntaré a mis amici sobre tu mujer.-Qué buen negocio. Lo que no sabe este tipo es que en el día soy taxista y por las noches soy el chofer personal del gran signore Carlo Gambino. Para mi será fácil encontrar a su mujer y ganarme una buena plata.
-Gracias Luca. No esperaba menos de un napuletano.
-No se preocupe fratello. Pero dígame, ¿cómo se llama la mujer que busca?
-Vály Miklós
-Vaya con ese nombre, seguramente es una bella ragazza
-
Asi es Luca. Es la ragazza más bella del mundo.


(continuará)

©/ Gregor Ludovsky/ Todos los derechos reservados/ 2006



miércoles, octubre 25, 2006

De cómo me acosté con el hombre que más quise


Gregor insistió en ser mi compañero de viaje, no me pareció nada significativo, no era el primer hombre en deslumbrarse por mí, ni sería el último. Lo cierto es que de mujer solitaria y sin un centavo me hallé sentada junto al joven judío, guapo, medio amateur, y bastante temeroso de los aviones, que parecía estar dispuesto a todo, o a casi todo por ganarse mi simpatía.

Nunca supe si era la primera vez que tomaba un vuelo, pero parecía un niño aterrado por una pesadilla repentina. Me tomó de la mano casi todo el viaje, y aunque fingí estar dormida un buen trecho del recorrido, el hombre insistía en que no me soltaría, que estaba segura a su lado, que no me preocupara. Nada más ridículo que proyectar los propios temores en el otro, en cualquier caso, su complejo de macho protector acabó por agradarme, y hasta me humedeció las bragas.

En el momento del aterrizaje, me apretó muy fuerte la mano y dijo entre susurros: ¿quieres venir a mi hotel para que descanses antes de llegar a tu destino? Hice un enorme esfuerzo para no soltar un carcajada, nada me hacía sentir más mujer que la expresión aterrada de un hombre ante la posibilidad de una negativa, actúe como si no lo hubiera escuchado, con la mala intención de forzarlo a repetir su invitación.

Con el avión en tierra, por fin me soltó la mano y recuperó su pose de hombre seguro, divertido y seductor, cargó con mi bolso de mano (mi único equipaje), insistió en que compartiéramos el taxi, en ir a comer juntos y tal vez tomar una copa. Hice el amago de estar considerando su propuesta, pero sin dinero, el estómago vacío y con el raro coqueteo que sosteníamos desde hace casi 10 horas, no pensaba negarme. Acepté sin titubear, pero con garbo y falso recelo.

Durante el trayecto al hotel, me contó que estaría pocos días en Nueva York, venía por una especie de gira editorial de un libro erótico suyo, que había tenido buena acogida, apenas y le presté atención, no tengo costumbre de escuchar a los hombres, la mitad de lo que dicen son mentiras, y la otra mitad son tretas para llevarte a la cama, y eso conmigo no hace falta, cuando quiero con un hombre vamos a la cama y punto, cuando no, no hay cuento que valga.

Acabamos en la suite de Gregor, ordenó servicio al cuarto, con champán y demás. Comenzó a desnudarse frente a mí, sin vergüenza, sin miramientos, sin preámbulos, ni excusas, eso desarmó mis teorías sobre lo masculino, y por supuesto me subió muchísimo la temperatura. Lo observé atentamente, debajo de su ropa interior se marcaba un bulto bastante prominente y por ende, prometedor, las burbujas del champán me hicieron cosquillas en el alma, nunca supe cómo decirle no a la última cogida, ni al próximo affaire. Me desvestí sutil y provocadora, me quedé con las medias, los ligeros, las bragas y los zapatos de stiletto (desde el aeropuerto me había fijado que le hipnotizaban). El pobre hombre se puso como loco, se me fue encima, le correspondí con gusto, y sin más, nos entregamos a la dulce tentación de la carne.

Lo hicimos varias veces, una mejor que la otra. A media noche se quedó dormido, estaba sumida en el letargo placentero que deja el buen sexo, cuando de pronto el escándalo del timbre telefónico rompió toda mi paz, en un acto reflejo levanté el auricular, la voz de una mujer preguntaba por Gregor, enmudecí, colgué, desconecté el aparato, me di un baño, me vestí, y le dejé sobre la mesita de centro una nota escrita con carmín que ponía: "Gracias por el fuego", cerré con cuidado la puerta y me abroché el abrigo.

Una vez abajo el frío viento de la madrugada me resultó una cachetada, un insulto, de nuevo la desesperanza me lanzaba a la salvaje avenida de la soledad.

martes, octubre 24, 2006

El apartamento de Maibed



11pm

Pido mi tercera botella de whisky, estoy más borracho que nunca, sigo en el mismo bar y sin noticias de Vály.

12am

La puta que me había pedido un trago regresa después de haberse ido a follar con el vejete burócrata. Soy el único que queda en el bar, ella se me acerca con un sucio olor a sexo. Me pide un trago, estoy demasiado ebrio para decir que no. Mi lado oscuro me recuerda que Vály me dejó. Dejo que la mujer se siente a mi lado. Le recito unos versos del gran Tomás Segovia:

Mis besos lloverán sobre tu boca oceánica
primero uno a uno como una hilera de gruesas gotas
que revientan como claveles de sombra
luego de pronto todos juntos
hundiéndose en tu gruta marina(...)
besaré tu sexo terrible
oscuro como un signo cuyo nombre no puede decirse sin tartamudear
como una cruz que marca el centro de los centros
tu sexo de sal negra
de flor nacida antes que el tiempo
delicado y perverso como el interior de las caracolas
más profundo que el color rojo
tu sexo de dulce infierno vegetal
emocionante como perder el sentido
abierto como la semilla del mundo



1am

La puta se llama Maibed, se derritió con los versos, ya no la veo tan fea. Toma mas whisky que yo. La botella se termina, no hay más dinero. Maibed pide otra.

2am

El cantinero me quita mi reloj. Me río por adentro, es un rolex falso. Nos botan a patadas del bar. Maibed me ayuda a mantenerme de pie. Caminamos eternamente por unas cuantas cuadras. Llegamos a un edificio. Entramos y subimos por el ascensor. Maibed saca unas llaves, abre la puerta de su apartamento. Apenas entro vomito en el suelo. Soy un verdadero asco.

3am

Maibed está montada encima de mi. No pienso ni siento nada pero la polla se me ha puesto muy dura. Ella es una experta me cabalga como si estuvieramos en un hipódromo. El sudor me está evaporando el alcohol. Maibed se pone en cuatro. Mientras la penetro sonámbulo sueño con Vály. Afuera se ha desatado una tormenta. Estoy sediento. Sigo penetrando, mi mente me engaña, pienso que estoy haciéndolo con Vály. La ilusión óptica rinde sus efectos. Lanzo un grito de placer demencial. Aviento un mar de semen sobre el culo y la espalda de Vály. Veinte segundos después Maibed voltea. La ilusión se desvanece. No era Vály. Siento ahogarme en agonía. La decepción me colapsa. Caigo dormido como un tronco.


7am


Sigo dormido como un tronco

10am

Me levanto de golpe. A mi lado una mujer apesta a rayos. Yo huelo todavía peor. Estoy desnudo, mi ropa vomitada a un lado. Veo un reloj en la pared. ¡Maldita sea, tengo una audición para la promoción de mi libro a las 10:30 en el Astoria! Salgo en calzoncillos, sólo con mi gabardina encima. Me subo al primer taxi que pasa. No tengo dinero para pagarlo. ¿Qué haré?

(continuará)

Copyright/ Gregor Ludovsky/ Todos los derechos reservados/ 2006

lunes, octubre 23, 2006

Gregor y Vály en Nueva York



La misma noche que llegamos a Nueva York nos besamos en el ascensor del Hotel Astoria. Vály y yo nos abrazámos fuertemente en un rito apasionado que duró los 40 segundos más largos de mi existencia, justo lo que tardamos en llegar al piso 11 donde se encontraba mi suite. Sin dejar de besarnos avanzamos entre tropiezos a la habitación indicada, con la mano izquierda logré abrir la puerta, mientras mis labios y mi brazo derecho seguían pegados de Vály, como partículas de un átomo inseparable.

Entramos sin cerrar la puerta, el bellboy que venía detrás de nosotros con las maletas las dejó a un lado y se quedó husmeando un rato a la espera de una propina que jamás llegó, al percatarse de lo inútil de su espera azotó la puerta mientras nos lanzaba un par de injurias en un extraño dialecto posiblemente siciliano. Valý y yo estábamos en pleno jadeo, torciendo nuestros cuerpos de mil maneras como parte de una lucha entre erótica, estresante y ridícula al tratar de deshacernos de tanta ropa innecesaria. Una vez que resbalaron por el suelo mi abrigo y los zapatos de Vály, nuestras prendas fueron huyendo una por una de nuestros ardientes y poseídos cuerpos. No parábamos de besarnos un segundo, cada beso era una fuente inagotable que se nutría con cada milímetro de piel recorrida, con cada mordida obscena y cada caricia rebosante de una sensualidad que rayaba en hambre, sed y codicia por el otro.

Nuestros cuerpos totalmente desnudos siguieron jadeantes, serpenteando hasta llegar a la cama. Por fin nos separamos un poco y pude admirar a Vály en todo su esplendor. En ese breve instante de contemplación quedé absorto en una retahíla de íconos femeninos: Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Mata Hari, Cleopatra, Dolores del Río, Rita Hayworth. No, ninguna de esas beldades era comparable con Vály, tal vez la Diosa Atenea o la mismísima Shiva contenían esa misma mezcla de erotismo, delicadeza salvaje e inteligencia descarada que se desprendía de cada rincón de Vály. Me podría detener a describir sus voluptuosos senos nacarados o ese triángulo rubio, sagrado y perfecto entre sus piernas o esa trepidante cadera tentadora que al moverse me erizaba hasta el músculo más escondido, pero me basta con decir que en Vály había encontrado a la única mujer capaz de superar mis deseos. Follamos 8 horas seguidas, con pequeños intervalos de sexo oral y caricias cachondas que se prolongaron hasta el amanecer. Nos quedamos dormidos sin sábanas, entrelazados fuertemente como un par de capullos que apenas comienzan a brotar dentro del mismo tallo.

Desperté al mediodía todo mareado y confundido, pero el fuerte olor a sexo impregnado en toda la habitación me devolvió la memoria: sí, (una fuerte sensación de macho realizado me recorrió vertiginosamente de los pies a la cabeza) ¡había hecho el amor con Vály! La euforia se convirtió repentinamente en escalofrío, Vály no estaba a mi lado, la llamé tranquilamente pensando que estaba en el baño.
-¡Vály!
Nada, sólo se escuchaba el rumor de la mucama barriendo el pasillo.
-¡Vály! ¿Dónde estás?

Grité una y otra vez sin éxito, los nervios me carcomían, todo mi ego de semental se me vino abajo como un patético castillo de naipes. Le había hecho el amor a la mujer de mi vida y la había dejado ir sin darme cuenta, peor aún, sin decirle que la amaba con locura y que por ella estaba decidido a casarme, a ser siempre un buen marido, fiel, devoto y capaz de abandonar mis afamados deslices de hedonista, mujeriego y borracho. Seguí gritando su nombre mientras bajaba por el ascensor, llegando al Lobby pregunté por ella, la recepcionista y el guardia de seguridad me juraron no haber visto salir a ninguna mujer rubia del hotel.

Salí furiosamente a la calle, pregunté a diestra y siniestra, nadie la había visto, al parecer se había esfumado como por arte de magia. Después de vagar 5 horas por las amplias avenidas de Manhattan sin rumbo fijo, las piernas no me dieron más y entré en un bar que ofrecía whisky a 2x1. Me tomé los primeros 5 vasos de un solo trago, mientras en la jukebox se escuchaba un blues desgarrador cantado a dúo por Louis Armstrong y Ella Fitzgerald. Una escotada mujer excesivamente perfumada, con todo el aspecto de puta queriendo levantar su primer cliente, se acercó a mi lado pidiéndome un trago.

Misteriosamente se lo pagué, pero le dije que me dejara solo. Rápidamente encontró otra presa, un vejete burócrata que acababa de salir de su trabajo. Me di cuenta involuntariamente, por inercia. El resto de mi cuerpo desobediente, observaba cada una de las lágrimas que lentamente comenzaban a confundirse con el poco de whisky que aún quedaba en mi vaso.

(continuará)

© Gregor Ludovsky/ Todos los derechos reservados/ 2006

viernes, octubre 20, 2006

La verdadera historia de cómo conocí a Vály Miklós - 2



No me acuerdo cuanto tiempo prosiguió la conversación, de lo que sí me acuerdo es que de repente Vály me cerró uno de sus hipnotizantes ojos azulados y me dijo.
-Sabes, yo también viajo a Nueva York, así que podemos viajar juntos, ¿en dónde te vas a quedar al llegar allá?
-Tengo una reservación en el Hotel Astoria, está todo pagado por una editorial americana, que quiere lanzar mi libro de poesía más reciente en 5 de las ciudades más importantes de Estados Unidos.
-Vaya, o sea que, ¿todo este tiempo he estado conversando con un escritor famoso?
-Bueno Vály, famoso lo que se dice famoso, no, pero mi último libro se ha vendido muy bien, no lo puedo negar, al parecer se vende por las ilustraciones eróticas más que por mis poemas, pero no me puedo quejar, mi ego de escritor está bien alimentado últimamente.
Seguimos conversando y no pude evitar ofrecerle hospedaje a Vály en mi suite en el Astoria, no sin antes reiterarle mi respetuosidad e integridad de caballero en todo momento. Ella podría dormir tranquilamente en la cama principal y yo me podría ir al futón de la sala. Vály aceptó gustosa mi oferta, aunque señaló que una hermana suya vivía cerca de la 5ta Avenida en Manhattan, así que no necesitaba realmente de mi generosa hospitalidad.

Finalmente nos dirigimos a la sala de abordar, ambos sumamente nerviosos, pero contentos de habernos encontrado. Cada uno, con una agenda oculta y un pasado bastante borroso, sin embargo para mi Vály era toda una dama, de esas que sólo pudieron haber nacido antes de la década de los años cuarenta, por lo que oculté todo mi lado oscuro y sinuoso. Las muchachas de 1958 eran demasiado rebeldes para mi gusto, adoraban el rock & roll y al super engominado y entonces afeminado Elvis Presley, que se movía como si tuviera convulsiones febriles o ataques epilépticos. Nunca entendí que les excitaba a ellas de aquellos movimientos, pero no puedo negar que en el fondo le envidiaba todo ese furor y desquiciamiento sexual que despertaba en las adolescentes y en las mujeres jóvenes. Afortunadamente Vály, a pesar de ser bastante joven, no entraba en esa categoría, ella era una auténtica femme fatale, poseía un aura de mujer ultra conservadora, pero al conocerla a fondo te dabas cuenta de que en realidad era mucho más liberal que muchas mujeres de la vida alegre. La diferencia es que ella era una maestra del arte de la discreción y las buenas maneras. Por supuesto, caí redondito en sus pies.

El avión despegó, estuvimos charlando todo el trayecto, excepto por ciertos lapsos de turbulencia, que me pusieron a temblar. Siempre he sido un miedoso con las alturas y especialmente con los aviones, afortunadamente, no lo suficiente como para vencer mi obsesión viajera, herencia directa de mis antepasados Ashkenazis, judíos errantes por naturaleza. Solamente mi padre, David Ludovsky, vivió en 12 países diferentes antes de asentarse en Chile en 1918, mi madre se hartó de tanto trajín y le puso un ultimatum: se quedaban a vivir en Chile ó ella se encargaría de estigmatizarlo a la luz pública convirtiéndolo en un marido cornudo. Obviamente mi padre se volvió misteriosamente sedentario a partir de la advertencia de mi lúcida madre, sin embargo hay algo que a mi me llena de dudas cada vez que recuerdo ese anécdota familiar, no entiendo porque saqué los ojos color café oscuro, siendo que mis progenitores los tenían tan azules. En fin, misterios de la vida. El caso es que, antes de aterrizar en el aeropuerto, Vály me agarró las manos.
-Estoy nerviosa, tengo miedo.
-No te preocupes, no nos va a pasar nada. Si te da miedo sólo cierra los ojos y piensa que Gregor está aquí contigo.

Ese fue el primer contacto amoroso que tuve con Vály, de hecho fue la primera vez que tuve un contacto amoroso, no erótico, en mi vida, estaba preocupado, ¿Cómo era posible que yo, Gregor Ludovsky, pudiera ser feliz al lado de una mujer, sin necesidad de pensar en sexo? Afortunadamente llegamos a Nueva York, antes de que pudiera reflexionar a fondo sobre la evidente respuesta a semejante pregunta. Después de una rigurosa interrogación de 3 horas por parte de los agentes de migración y de haber tenido que jurar inexplicablemente ante Dios y la Biblia, que yo no había sido nazi (un abuso doblemente ofensivo y ridículo para un judío), y que tampoco trabajaba para la KGB de la Unión Soviética, ni pertenecía a ningún Partido Comunista, pude llegar a la Tierra Prometida, la bienvenida no fue muy grata, pero las cartas estaban echadas, iba a vivir dos semanas de Sueño Americano al lado de Vály.

(continuará)

© Gregor Ludovsky/ Todos los derechos reservados/ 2006