Percanta

siento angustias en mi pecho
decí percanta que has hecho
de mi pobre corazón.
Maroni y Contursi
decí percanta que has hecho
de mi pobre corazón.
Maroni y Contursi
Todo amante del tango sabe que la figura de Percanta respresenta a la mujer. No cualquier mujer, claro está. Percanta responde a la puta, a la mujer que tiene por profesión partusear, aunque algunos compositores más románticos asocian a la percanta con la concubina, la amante que es capaz de destrozar el corazón del gavión que llora cundo se va del cotorro. Yo soy exactamente esa, la que toma para no enamorarase, la que se enamora para no tomar. Las veces que me casé lo hice para frenar mi desmesura, para apagar el fuego que corre por mis piernas, fueron todos intentos por aplacar el veneno de mi lengua, para callar la maldad que corroe mi corazón.
Cuando llegué a la Argentina, los muchachos del barrio me bautizaron "Percanta", yo no hablaba español, así que cuando escuchaba mi nuevo nombre, me volvía hacia ellos y les sonreía mostrando todos mis dientes. Para entonces, mi cintura era perfecta, era muy delgada con unos pechos enormes que disfrutaba insinuar en discretos escotes y blusas bien ceñidas. Mis piernas eran dos pilares perfectos, blancas como el armiño, perfectamente contorneadas, me excitaba pasearme en bicicleta frente a los chicos, cada peladeo era una invitación al paraíso de mi sexo.
Cuando llegaba el verano, andaba muy ligera de ropas, me contoneaba como gata frente a los pibes, aunque los hombres mayores me parecían mucho más atractivos con toda esa virilidad escapándoseles del pecho, todo ese derroche de morbo en la mirada, y las manos conteniendo el gesto brutal de aprisionarme los pechos y penetrarme con su miembro fuerte, desesperado por poseerme.
Con el tiempo descubrí el inmenso poder que residía en mis pechos, en la voluptuosidad de mi andar, en mi rostro delicado de mirada inocente, entonces me hice amante de hombres casados, hombres que no conocían mujeres desenfadadas, que jamás habían visto a una mujer gozar sus penes, poco a poco me fui metiendo en sus cuerpos, me convertí en una necesidad, una obsesión, alguno quiso hacerme su esposa, pero ninguno se atrevió a exigirme que dejara de verme con otros, yo era poderosa, mucho más fuerte que ellos, eran niños suplicando un próximo encuentro.
Bien me tengo ganado el Percanta, a pesar de mi mala reputación entre las mujeres decentes, mi moral distraída me ha hecho hacer cosas maravilosas y conseguir ventajas que ya hubieran querido las esposas alcanzar.
Cuando llegué a la Argentina, los muchachos del barrio me bautizaron "Percanta", yo no hablaba español, así que cuando escuchaba mi nuevo nombre, me volvía hacia ellos y les sonreía mostrando todos mis dientes. Para entonces, mi cintura era perfecta, era muy delgada con unos pechos enormes que disfrutaba insinuar en discretos escotes y blusas bien ceñidas. Mis piernas eran dos pilares perfectos, blancas como el armiño, perfectamente contorneadas, me excitaba pasearme en bicicleta frente a los chicos, cada peladeo era una invitación al paraíso de mi sexo.
Cuando llegaba el verano, andaba muy ligera de ropas, me contoneaba como gata frente a los pibes, aunque los hombres mayores me parecían mucho más atractivos con toda esa virilidad escapándoseles del pecho, todo ese derroche de morbo en la mirada, y las manos conteniendo el gesto brutal de aprisionarme los pechos y penetrarme con su miembro fuerte, desesperado por poseerme.
Con el tiempo descubrí el inmenso poder que residía en mis pechos, en la voluptuosidad de mi andar, en mi rostro delicado de mirada inocente, entonces me hice amante de hombres casados, hombres que no conocían mujeres desenfadadas, que jamás habían visto a una mujer gozar sus penes, poco a poco me fui metiendo en sus cuerpos, me convertí en una necesidad, una obsesión, alguno quiso hacerme su esposa, pero ninguno se atrevió a exigirme que dejara de verme con otros, yo era poderosa, mucho más fuerte que ellos, eran niños suplicando un próximo encuentro.
Bien me tengo ganado el Percanta, a pesar de mi mala reputación entre las mujeres decentes, mi moral distraída me ha hecho hacer cosas maravilosas y conseguir ventajas que ya hubieran querido las esposas alcanzar.


















2 Comments:
"Era para mí la vida entera como un sol de primavera mi esperanza y mi pasión/sabía que en el mundo no cabía toda la humilde alegría de mi pobre corazón/y ahora cuesta a abajo en mi rodada..."
El tango es despecho de maricos y consuelo de putas decía mi abuelo.
El viernes estuve de percanta por las calles de mi ciudad.
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